1. Cuidado del otro

60 elementos disponibles

Acoger su libertad | Reducir barreras | Crear entorno seguro | Escuchar activamente | Llamar personalmente | Flexibilizar estructuras | Acompañar su proceso sin forzar | Que sean protagonistas | Trabajar el crecimiento personal
Transformar en experiencia | Dar responsabilidad | No instrumentalizar a la persona | Tratar como adultos

  • Barreras – Iniciación [2]

    Barreras – Iniciación [2]

    Para integrar a los jóvenes en la comunidad, es crucial derribar barreras y ganar su confianza como acompañantes. Algunos jóvenes prefieren no ser acompañados por personas mayores, a quienes perciben con estereotipos culturales. Es vital superar este distanciamiento y ofrecer un acompañamiento sin prejuicios, como hacía Chaminade con los primeros religiosos. Ver contenido

  • Protagonismo – Iniciación [2]

    Protagonismo – Iniciación [2]

    Es fundamental involucrar a los jóvenes en la toma de decisiones y en la planificación de actividades, incluso renunciando a nuestras ideas si es coherente con el espíritu comunitario. Esta práctica, valorada por los primeros congregantes, permite el crecimiento mutuo y la integración de distintas generaciones en la comunidad. Ver contenido

  • Responsabilidad – Iniciación [2]

    Responsabilidad – Iniciación [2]

    Nuestras fraternidades y CEMI surgieron de líderes carismáticos que movilizaron a jóvenes inquietos. Ahora, debemos aprender cómo madurar y pasar la responsabilidad a nuevas generaciones. Los laicos adultos deben ser referentes junto con los religiosos. No podemos empezar cada año desde cero; debemos construir con los jóvenes y aprovechar su tiempo y energía. Como dice… Ver contenido

  • Entorno – Escolar [2]

    Entorno – Escolar [2]

    Es importante que las dinámicas en grupos de fe y Scouts se realicen en entornos reducidos y estables, especialmente para los jóvenes. A menudo, los jóvenes tienden a separarse en tribus en busca de su entorno seguro. Por lo tanto, es fundamental que nuestros grupos fomenten un ambiente de encuentro seguro para todos, promoviendo la… Ver contenido

  • Escucha – Escolar [2]

    Escucha – Escolar [2]

    La urgencia y el exceso de propuestas pueden impedir la escucha genuina de los jóvenes. Este diálogo requiere tiempo, paciencia y la disposición a aceptar resultados imperfectos. Es tentador hacer las cosas a nuestra manera para evitar riesgos, pero esto puede alienar a la comunidad. Escuchar va más allá de aceptar sus opiniones; implica reformularlas… Ver contenido

  • Responsabilidad – CLM [2]

    Responsabilidad – CLM [2]

    La responsabilidad del laico es fundamental en nuestro carisma, como nos recuerda Chaminade en una carta a Adela. Es hora de retomar esa responsabilidad que, en muchos casos, se ha cedido a los religiosos. Los laicos deben ser miembros activos de la misión si queremos ser fieles al carisma de nuestra Familia. Ver contenido

  • Acompañamiento – Escolar [2]

    Acompañamiento – Escolar [2]

    El acompañamiento efectivo en la fe se logra mejor con alguien cercano pero un paso adelante en experiencia. Por eso, para guiar a un joven, es ideal contar con otro joven que haya vivido intensamente la fe. Sin embargo, es crucial que los jóvenes también tengan referentes mayores que marquen la dirección y les acompañen… Ver contenido

  • Libertad – Creación [1]

    Libertad – Creación [1]

    Debemos confiar en la libertad del joven, como lo hizo Dios al crear al ser humano. Darles espacio para distanciarse, tomar decisiones y volver. Como el padre del hijo pródigo, debemos acogerlos con brazos abiertos, demostrando alegría por su retorno. Así estarán listos para formar su comunidad dentro de la Familia Marianista. Ver contenido

  • Acompañamiento – Impacto [1]

    Acompañamiento – Impacto [1]

    El acompañamiento no debe limitarse a la actividad especial; después, los jóvenes necesitan un seguimiento en su integración a la comunidad local. Es óptimo que quienes los acompañaron en la actividad sigan el proceso, ya sea personalmente o a distancia. Si no es viable, acompañantes locales podrían asumir ese rol. Ver contenido

  • Escucha – Creación [1]

    Escucha – Creación [1]

    Escuchar y comprender las necesidades de los jóvenes es fundamental para construir una comunidad auténtica. Siguiendo el ejemplo de Chaminade, debemos adaptar nuestras acciones a las necesidades del momento, buscando siempre nuevas formas de responder a sus inquietudes y deseos. Ver contenido

  • Instrumentalización – Madeleine [1]

    Instrumentalización – Madeleine [1]

    Es crucial no ver a los jóvenes como mano de obra barata para tareas logísticas, sino como parte integral de la comunidad de fe. Su participación debe ir más allá de montar eventos; deben tener voz en las decisiones y sentirse valorados, no utilizados. Donde están integrados, ofrecen ayuda por iniciativa propia, pero donde se… Ver contenido

  • Acompañamiento – Familia [1]

    Acompañamiento – Familia [1]

    Chaminade fue un agente activo en la creación de comunidades de oración durante la Revolución Francesa. Como Familia Marianista, podemos ser facilitadores para que surjan comunidades discretas que, paso a paso, se conviertan en algo más grande, siguiendo el ejemplo de Chaminade. Ver contenido

  • Instrumentalización – Familia [1]

    Instrumentalización – Familia [1]

    En ocasiones, nos limitamos a pedir ayuda a un círculo reducido de personas, sin considerar si están en un momento vital adecuado. Esto puede llevar a agotar su capacidad de entrega y compromiso. Culpar a la persona por no decir ‘no’ refleja una preocupación por el proyecto más que por su bienestar, socavando la cultura… Ver contenido

  • Barreras – Escolar [1]

    Barreras – Escolar [1]

    Al organizar actividades como ejercicios espirituales para jóvenes, es crucial considerar sus necesidades de descanso y distracción. Programar tiempos de descanso con actividades lúdicas dirigidas ayuda a mantener la dinámica y evitar conflictos por falta de claridad en los tiempos libres. Ver contenido

  • Experiencia – Escolar [1]

    Experiencia – Escolar [1]

    Ofrecemos más actividades de servicio en colegios, pero falta acompañamiento para que las experiencias se conviertan en transformadoras. Al desconectar el servicio de la fe, se convierte en mero voluntariado personal. Necesitamos recursos para acompañar a los jóvenes y convertir el servicio en una experiencia de entrega por el Reino, acercándolos al encuentro con Jesús. Ver contenido

  • Instrumentalización – Iniciación [1]

    Instrumentalización – Iniciación [1]

    En muchas fraternidades, la fidelidad se convierte en un compromiso mecánico más que en una respuesta a una llamada interior. Algunos miembros permanecen por lealtad a un compromiso, no por sentir la necesidad de vivir la fe en comunidad. Incluso después de dejar la fraternidad, siguen en el grupo de WhatsApp, quizás por inercia o… Ver contenido

  • Experiencia – Impacto [1]

    Experiencia – Impacto [1]

    Los jóvenes buscan llenar un vacío interior con vivencias cambiantes, pero necesitan un horizonte vital que marque su rumbo. Iniciativas como el Soul College ofrecen formación para madurar en la fe y descubrirse a sí mismos. Encontrar respuestas a sus dudas puede ser transformador y una verdadera actividad de impacto. Ver contenido

  • Instrumentalización – VR [1]

    Instrumentalización – VR [1]

    En la vida religiosa, es vital cultivar vínculos estables más allá de simples relaciones. Javier de la Torre nos recuerda que el bienestar psicológico se encuentra en vínculos sanos. Debemos superar la tentación de la eficiencia y el utilitarismo en nuestras relaciones, para forjar vínculos desinteresados que trasciendan la mera convivencia cordial. Ver contenido

  • Responsabilidad – Escolar [1]

    Responsabilidad – Escolar [1]

    Ignacio Otaño resalta el método pedagógico de Chaminade, que dividía las clases en grupos liderados por un estudiante, fomentando la colaboración y la responsabilidad. Esta forma de enseñar no solo promovía el aprendizaje, sino que también preparaba a los jóvenes para enfrentar la vida real y ejercer roles profesionales. Ver contenido

  • Reconocimiento – Escolar [1]

    Reconocimiento – Escolar [1]

    Después de la escuela, la relación entre profesor y alumno debe evolucionar hacia una de igual a igual para facilitar el diálogo intergeneracional. Esta transición debe comenzar en los últimos años escolares, manteniendo la separación adecuada pero reconociendo al alumno como un adulto con responsabilidades. Ver contenido

  • Estructuras – Madeleine [1]

    Estructuras – Madeleine [1]

    Ignacio Otaño destaca la importancia de la unidad en la comunidad, como lo evidencia Chaminade al promover fracciones que agrupan a personas con afinidades similares. Esta organización permite una acción coordinada sin perder la conexión con el cuerpo común, enfatizando la necesidad de apoyo mutuo y edificación en la comunidad. Ver contenido

  • Protagonismo – Impacto [1]

    Protagonismo – Impacto [1]

    El acompañante en una actividad debe entender su papel como facilitador, permitiendo que los jóvenes se expresen y lleguen a sus propias conclusiones. Es crucial ceder espacio y evitar la tentación de dirigir o imponer respuestas, dejando que los participantes sean los protagonistas de su experiencia. Ver contenido

  • Reconocimiento – Creación [1]

    Reconocimiento – Creación [1]

    El joven, al crear su comunidad, requiere autonomía en su proceso y sentir el respeto de los mayores. El acompañamiento implica un equilibrio entre intervenir demasiado y dejarlo todo listo, requiriendo paciencia, apertura y constancia para facilitar el diálogo intergeneracional. Ver contenido

  • Responsabilidad – Impacto [1]

    Responsabilidad – Impacto [1]

    A los jóvenes les motiva organizar las actividades, las sienten más suyas y motivan a otros a participar, lo que les hace crecer. Es importante equilibrar su deseo con un plan concreto y contenidos de calidad. Delegar partes de la organización en jóvenes con más recorrido y contar con acompañantes que den testimonio de su… Ver contenido

  • Protagonismo – Creación [1]

    Protagonismo – Creación [1]

    Propiciar que los jóvenes elijan a su primer acompañante dentro de un grupo de personas disponibles les otorga protagonismo en la creación de su comunidad. Esto fomenta la confianza y evita que perciban al acompañante como una figura autoritaria, permitiendo una relación más auténtica y significativa en su proceso de formación y crecimiento espiritual. Ver contenido

  • Reconocimiento – Iniciación [1]

    Reconocimiento – Iniciación [1]

    Es fundamental que la participación de los jóvenes evolucione hacia una corresponsabilidad real en la toma de decisiones dentro de la comunidad. Sobreprotegerlos puede socavar su sentido de madurez y pertenencia, impidiendo su integración como miembros en igualdad de condiciones. Ver contenido

  • Estructuras – Iniciación [1]

    Estructuras – Iniciación [1]

    Flexibilizar las estructuras en la etapa de iniciación de la comunidad es clave. Las fraternidades deben renacer de la mano de los jóvenes, sin perder su sentido. Chaminade, como Misionero Apostólico, supo salvar la rigidez estructural para revitalizar la fe en Francia, integrándose en la Iglesia con libertad y apostolado nuevo. Ver contenido

  • Libertad – Escolar [1]

    Libertad – Escolar [1]

    A los monitores se les debe exigir un compromiso constante. Libertad y responsabilidad van de la mano; cuando asumen una tarea, deben responder con responsabilidad. La rotación frecuente de monitores no favorece la formación de vínculos sólidos entre los jóvenes y sus referentes. Esta situación se asemeja al contexto educativo, donde la constante rotación de… Ver contenido

  • Libertad – Madeleine [1]

    Libertad – Madeleine [1]

    La acogida en la comunidad de fe debe ser sin grandes exigencias. Según Chaminade, debe ser un medio fácil para cumplir los deberes del cristianismo, abierto a quienes no se sienten lo suficientemente fuertes para ser cristianos solos. Los jóvenes necesitan un espacio acogedor sin presión ni compromiso, donde puedan entrar y salir libremente. Ver contenido

  • Crecimiento – Impacto [1]

    Crecimiento – Impacto [1]

    Es crucial abordar el crecimiento personal entre los jóvenes, ofreciendo contextos y modelos positivos para explorar su personalidad, entender su pasado y reflexionar sobre su historia. Las actividades de impacto son oportunidades valiosas para facilitar estos procesos de maduración, y se pueden diseñar itinerarios que incluyan actividades especiales en momentos vitales clave para fomentar el… Ver contenido

  • Poco a poco la pequeña comunidad ha de ir dando pasos derribando las barreras que les separan de los acompañantes mayores y de las otras comunidades que se integran en la gran comunidad.

    Un fenómeno “curioso” es que muchos de nuestros jóvenes se prestan a acompañar a chicos y chicas de los grupos de fe, pero a su vez, ellos no se dejan acompañar por gente mayor. No se sienten cómodos, o no creen necesitar este apoyo y prefieren quedarse en los iguales como únicos referentes. Como acompañantes, no debemos hacernos “como uno más” entre los jóvenes sino lograr que nos reconozcan como “de su estilo”. Han de ser ellos los que nos autoricen, hemos de ganar la confianza para ser sus acompañantes. En algunos casos, además, no se sienten cómodos hablando de ciertos temas con religiosos o con gente mayor a quienes les atribuyen estereotipos culturales o formas de pensar predeterminadas que les hacen sentirse juzgados o incomprendidos. Este halo de perfección, clericalismo o ideologías se vuelve una barrera en el acompañamiento a una comunidad que inicia su recorrido.

    Esto contrasta con lo que nos cuenta Ignacio Otaño de los orígenes de la Compañía de María y de cómo Chaminade acompañaba a esos primeros religiosos: “Unidos entre ellos por la amistad desde hacía tiempo, tenían una confianza ilimitada de unos con otros y con el P. Chaminade. […] Ni rigoristas ni exclusivos, ni aferrados a los usos y costumbres antiguos y accesorios, desprendidos de todo prejuicio y de toda influencia de partido, los nuevos religiosos iban sencillamente a Dios. […] No tomaron ningún hábito. Se acordó también evitar todo lo que de alguna manera podría llamar la atención. Se evitó la denominación de Padre, Hermano, Superior…Se llamaban ‘señor…’ (Don…). Por lo demás, esa ausencia de formas monacales era una de las razones de ser de la Compañía de María.” Es lo que se recoge también en la frase clásica de “Estar en el mundo sin ser del mundo”. 

    Sin embargo, ahora no estamos en esta posición. Hace 30 años, cuando los religiosos empezaban a dar clase, o a dirigir internados, se llevaban muy pocos años con los jóvenes, para bien o para mal. Ahora no hay ningún religioso, ni los mal llamados jóvenes, que se lleve menos de 30 o 40 años con los jóvenes. Sin embargo, estamos igualmente llamados a ganarnos la confianza y el respeto para que vean en nosotros unos compañeros de camino que no sólo no necesitan ser cercanos en edad, sino que además, por no serlo, tienen más que aportarles.

  • Cuando trabajamos con los jóvenes en la preparación de una actividad, o para dar nuevos pasos en la integración en la gran comunidad, conviene llevar las cosas bien pensadas por nuestra parte, pero dejar que sean los jóvenes los que lleguen a las conclusiones y decidan, hasta el punto de poder renunciar nosotros a todo lo que llevábamos pensado, siempre y cuando sea coherente con el espíritu de la comunidad.

    Esta forma de hacer partícipes a los laicos formados y apasionados nos hace crecer a todos y acerca a las distintas generaciones. Ignacio Otaño nos cuenta algo parecido que hacían los primeros congregantes:

    «Los laicos son un medio de gran valor para propagar la instrucción. En todos los tiempos, y sobre todo en tiempos de persecución, la Iglesia se ha valido de ellos con muy buenos resultados. Así pues, los ministros elegirán cuidadosamente, de entre los fieles que los rodean, a aquellos que, firmes en la fe, llenos de celo e instruidos, quieran compartir su solicitud por la salvación de las almas. Les harán ver la importancia de esta labor y lo beneficiosa que será tanto para la Iglesia como para su propia salvación. Les dirán el honor que supone ser catequista y lo venerada que ha sido esta tarea en todos los tiempos por los verdaderos fieles. Pero no será la instrucción el único campo en el que los laicos prestarán su ayuda, sino que también hay otros igualmente preciosos y adecuados para propagar la fe». (p23)

    En definitiva, debemos ser acompañantes o líderes capaces de hacer hacer al joven, que construya su propia comunidad y diseñe y lleve a cabo sus iniciativas para vivir la fe con otros jóvenes incorporándose a la Iglesia y a la Familia Marianista, es decir, darles a ellos el protagonismo y pasar a ser nosotros los actores secundarios que en la sombra hacemos posibles las cosas.

  • Si nos fijamos en cómo nacieron las fraternidades o CEMI, vemos que partieron de un líder carismático que movilizó a un grupo de jóvenes inquietos con ganas de sentirse parte de algo hecho por ellos. A cada uno nos vendrán los nombres de los religiosos que hemos conocido en este rol. No es ningún secreto, así pasa con cualquier grupo que arranca. 

    Lo que nos falta ahora es aprender cómo han de madurar estos grupos para que sean a su vez generadores de vida y cómo esa responsabilidad que se dio a los primeros se ha de seguir dando a cada nueva generación que comienza. Además, los nuevos líderes carismáticos ya no han de ser los religiosos, desde el momento en que tenemos laicos marianistas adultos, ellos deben ser los nuevos referentes para los jóvenes junto con los religiosos.

    No podemos estar cada año empezando las cosas de cero, pero aún hay muchas cosas que están por construir y que son oportunidades para vivir la experiencia de crear algo propio desde cero. Una opción para seguir esta dinámica de construir algo nuevo hoy, puede ser, donde no exista, tomar como misión de fraternidades y/o de CEMI la constitución de la comunidad de fe, o con un grupo de jóvenes si tampoco hay laicos marianistas con la suficiente fuerza actualmente.

    Además, nuestra falta de tiempo o de capacidad para gestionarlo todo es la oportunidad perfecta para forzarnos a trabajar codo con codo con los jóvenes que tienen más tiempo, energías y cercanía a la realidad de los otros jóvenes. Eso, sin duda les vinculará más fuertemente con la Familia Marianista.

    Cito una vez más a Ignacio Otaño que recoge estas intuiciones sobre la responsabilidad del congregante en tiempo de Chaminade:

    “El congregante de las comunidades laicales del P. Chaminade no es sólo un hombre piadoso y devoto, como corrían el riesgo de considerarse los supervivientes de las antiguas congregaciones, sino que todo congregante tiene una misión adaptada a sus posibilidades. «En virtud de la dignidad bautismal común, el fiel laico es corresponsable, junto con los ministros ordenados y con los religiosos y religiosas, de la misión de la Iglesia». […] La misión no está reservada a una élite de inteligentes o especialmente dotados sino que es patrimonio de todos. […] no hay trabajo ni misión que merezca o desmerezca por su categoría o por el rango social del que lo realiza. […] Unos y otros, en lo mucho o poco que puedan hacer, se sienten participantes de la obra que lleva a cabo la comunidad.” (Pág. 3-4)

  • Siempre que se pueda, pero especialmente si son más jóvenes, parece que la respuesta es mejor si las dinámicas en las que hay que compartir a un nivel más personal se hacen en grupos reducidos y estables.

    La tendencia de los chicos y chicas es a separarse por tribus buscando su entorno seguro y, nuestros grupos de fe y Scouts, pueden alimentar fácilmente esa segregación, si no ponemos atención. Sin embargo, nuestros grupos, deberían ser lugar de encuentro seguro para todos los alumnos en su diversidad, y educar y fomentar en la construcción de esos espacios seguros de encuentro y comunión entre diferentes como seña de identidad.

  • La urgencia con que hacemos las cosas y el exceso de propuestas son incompatibles con la escucha o el diálogo con los jóvenes, que requiere plazos más inciertos y resultados inesperados o imperfectos y sin duda, más trabajo. Además, de todo esto tendremos que dar cuenta nosotros como responsables últimos aunque la solución adoptada tampoco fuera de nuestro agrado. De ahí la tentación de hacer las cosas a mi manera para no arriesgar y ser más productivo. Esto nos permite sacar adelante más actividades, pero hace que estas actividades interesen cada vez a menos gente.

    Al plantearnos la escucha y el diálogo, hay que ir más allá de lo que nos digan. Por ejemplo: es importante acertar con los horarios de las propuestas que hagamos, pero ante la pregunta directa de cuándo les viene bien algo, probablemente no se pondrán de acuerdo, porque cada uno habla desde su propia agenda y prioridades, no piensan en el global de los jóvenes ni en cambiar sus actividades para que le encaje a otros. Por tanto, habrá que conocer sus intereses, pero ser capaces de reformularlos en propuestas coherentes. No es hacer lo que ellos digan, sin más.

  • La responsabilidad del laico es indiscutible en nuestro carisma tal y como leemos en una carta de Chaminade a Adela que recoge Ignacio Otaño:

    “Le diré mi secreto… Hace catorce años entraba yo de nuevo en Francia con el carácter de

    Misionero apostólico para toda nuestra desgraciada patria… Pensé que no había mejor manera de ejercer esas funciones que creando una congregación tal como ahora existe. Cada congregante, cualquiera que sea su sexo, edad y estado de vida, debe ser un miembro activo de la misión…” (Pág. 30)

    Corresponde ahora retomar esa responsabilidad que se ha ido cediendo, en muchos casos, a los religiosos y que no la pueden ni deben seguir asumiendo si queremos ser fieles al carisma de nuestra Familia.

  • El mejor acompañante en la fe de una persona es otra que le sea cercana, pero le lleve unos pasos de ventaja a la primera. Por eso, para acompañar a un joven, lo mejor sería contar con otro joven que haya vivido o esté viviendo experiencias intensas de fe y comunidad. 

    Pensando en los grupos de fe, no se puede dejar toda la responsabilidad a los jóvenes si no cuentan a su vez con referentes fuertes más mayores que ellos que marquen la línea y les acompañen, de lo contrario, el crecimiento de ese grupo, se dará en la dirección equivocada. Igual que al árbol recién plantado se le ponen unos postes al principio para que no se tuerza y coja fuerza, también el joven necesita puntos de apoyo adecuados que le orienten y acompañen.

  • A la hora de dar libertad, debemos fijarnos en la obra de Dios y su manera de crear libre al ser humano. Si Dios se fio de nosotros, por qué nosotros no vamos a confiar en que el corazón del joven está bien hecho y antes o después se dejará atraer por Dios. Por eso es bueno que dejemos espacio a los jóvenes para distanciarse, tomar sus decisiones y volver. Eso sí, como el padre de la parábola del hijo pródigo, debemos estar a la puerta con los brazos abiertos dispuestos a acoger y no a reprochar, demostrando con hechos que nos alegra su vuelta. Entonces estarán preparados para crear su comunidad dentro de la Familia Marianista

  • El acompañamiento ha de darse no sólo durante la actividad especial. Acabada esta, los jóvenes deberían poder contar con acompañantes que sigan su proceso de integración o progreso dentro de una comunidad local. 

    Lo ideal sería que alguna de las personas que acompañó la actividad pueda seguir acompañando a la vuelta, bien sea en persona o en la distancia con los distintos medios de comunicación al alcance. 

    De no ser posible, sería bueno contar con acompañantes locales que puedan cubrir este papel aunque no hayan participado en la actividad.

  • En ingeniería, el diseño de un producto responde a una necesidad del cliente. Sin embargo, cuando diseñamos productos que nadie ha demandado, o generamos esa necesidad a posteriori pervirtiendo la finalidad del marketing, o simplemente fracasamos en nuestra propuesta. Por eso, es muy importante escuchar y entender la necesidad de los jóvenes en cuanto a la creación de su comunidad y, a partir de ahí, ayudarles a construir una nueva realidad que responda adecuadamente a esa necesidad, porque se trata de crear su comunidad, no de amoldarse a una comunidad ya creada según una plantilla ideal.

    Nuestro máximo referente de escucha y adaptación es, sin duda, el propio Cahminade. Ignacio Otaño nos habla así de su forma de entender la adaptación:

    «Es necesario que el médico adapte sus remedios a las necesidades y al temperamento del enfermo. La actual enfermedad de los espíritus es de tal naturaleza que sólo se puede tratar su curación siguiendo un camino nuevo […] Le gustaba comparar su camino al de un riachuelo apacible que, cuando encuentra un obstáculo, no se obstina en superarlo. Es el propio obstáculo el que, al detener el riachuelo, lo hace crecer y aumentar hasta tal punto que pronto se eleva por encima de su nivel, lo supera, lo desborda y sigue su curso”. (Pág. 34-35)

    Sin embargo, muchas veces cuesta saber lo que piensan y sienten de verdad por distintas barreras, por falta de confianza en el acompañante, o entre miembros del grupo, o, a veces, porque ellos mismos tampoco lo saben. Como en el ejemplo del médico, hay que ir observando síntomas y planteando hipótesis hasta acertar.

    El concepto de participación del cristiano en la Iglesia está, muchas veces, reducido a la asistencia a la misa dominical o a charlas formativas, y, hacer participar al joven de algo en lo que sólo puede estar callado mirando durante una hora es impensable. 

    Los jóvenes están acostumbrados a formatos muy participativos, lo que ahora arranca en la Iglesia como sinodalidad, los jóvenes lo practican como una especie de democracia en Twitch donde entre todos deciden y participan en una serie de cosas de lo que hace el streamer. Para ellos, es impensable ser espectadores pasivos, aunque, de hecho, pasen las horas, más que nunca, viendo a influencers hablar. Sin embargo, en ese ejercicio de escucha, tienen la potestad de interactuar, tomar decisiones, elegir cuando se van. Por eso, no podemos crear grupos basados en la escucha pasiva de un formador, modelo que, además, ya sufren en la universidad.

    En la creación de la comunidad debemos ponernos a su servicio, arrodillarnos ante el joven. Pero no con las manos vacías, sino cargadas de propuestas que vienen de la experiencia, dispuestos a desecharlas todas si ninguna encaja con lo que están buscando. La participación que tiene un joven en redes con respecto a los influencers es muy poca, sin embargo la perciben como un gran gesto de escucha. Y cuando el joven se siente escuchado, se siente protagonista, aunque en el fondo no lo sea tanto.

  • Tradicionalmente se ha visto a los grupos de fe y scouts de los colegios o incluso a los laicos jóvenes, como la mano de obra barata para mover sillas y montar saraos en general que a otros les da más pereza o que con su trabajo y responsabilidades, no pueden asumir.

    Sin embargo, los jóvenes no están para mantener el colegio, si no para crecer en la fe y cuando pensamos en su participación, ha de ser en este sentido. Por supuesto tienen una disponibilidad diferente y pueden y deben ayudar mucho con la logística, pero eso ha de estar enmarcado en un sentido de pertenencia previo que les ha de permitir participar no sólo en la ejecución de los planes de otros, sino también en las decisiones de la comunidad para que no se sientan utilizados. En los lugares en los que los jóvenes están más integrados en la comunidad, vemos que son ellos mismos los que se ofrecen para ayudar en todo lo que haga falta, mientras que en otros lugares lo que se percibe es un recelo continuo hacia el colegio o las comunidades laicas como fuente inagotable de solicitud de voluntarios aludiendo a su condición de monitores de algún grupo.

  • Ignacio Otaño nos cuenta como en el tiempo convulso de la revolución Francesa:

    “Se abren oratorios en casas particulares, y cada oratorio es un centro de vida espiritual intensa. El P. Chaminade es un agente activo de esa pastoral clandestina.” (p16)

    De alguna manera promueve y acompaña la creación de estas comunidades de oración. Como Familia Marianista, también podemos ser facilitadores para que surjan estas comunidades quizá no clandestinas, pero sí muy discretas que van dando pasos para convertirse en algo mayor.

  • Generalmente tenemos un círculo relativamente pequeño de gente a la que pedimos ayuda porque, por distintos motivos, y en algunos casos poco sanos, hay personas más dadas a la entrega personal, y porque nos es más cómodo ir a lo seguro que arriesgarnos con alguien nuevo.

    De esta forma, salvo que la otra persona se plante y nos diga que no, llega un momento en que la gente no puede más pero sigue respondiendo a nuestras llamadas por compromiso, y vamos llevando a la gente al límite, provocando que la calidad de las actividades se resienta porque las personas, no están en un momento vital adecuado para asumir la tarea, o simplemente no disponen realmente de más tiempo.

    Además, solemos culpar a la persona asumiendo que es ella quien ha de decirnos que no, si no puede más, pero eso nos da dos conclusiones peligrosas: por un lado que no nos preocupa la persona, nos preocupa nuestro proyecto, y por otro que vamos dinamitando la cultura de la entrega y cada vez es más complicado encontrar a alguien que se preste a hacer algo gratis por los demás, al menos en nuestro contexto marianista.

  • Debemos tener en cuenta que nuestro nivel de concentración en una actividad o nuestra necesidad de descanso o distensión, no es la misma que la de los jóvenes, ni la que teníamos a su edad se parece a la que tienen ahora. Por tanto, a la hora de plantear una actividad, por ejemplo unos ejercicios espirituales, será bueno programar bien los tiempos de descanso, no como tiempos libres si no con una actividad lúdica bien orientada para que obtengan el descanso que necesitan sin romper la dinámica. Si nos limitamos a dejar tiempos libres sin una oferta clara pero con una serie de prohibiciones, su tendencia será a salirse de la dinámica y volveremos al enfrentamiento de intereses.

  • Cada vez ofrecemos en los colegios más actividades de servicio, pero no tenemos gente que acompañe adecuadamente a los chicos y chicas y les ayude a pasar lo vivido por el corazón convirtiendo la vivencia en experiencia quedando simplemente en vivencias intensas, que conmueven, pero que no dejan poso ni transforman a la persona. 

    Además, muchas veces, por un deseo de llegar a los no cristianos, desconectamos la experiencia de servicio de la fe, transformándola en mero voluntariado. Es decir, en algo que uno hace porque le apetece, mientras le apetece para su satisfacción o realización personal. 

    Para convertirlo en algo más habría que dedicar recursos al acompañamiento personal de los chicos, para convertir la vivencia del voluntariado en experiencia de entrega gratuita a los demás por la construcción del Reino y el anuncio de la Buena Noticia. Sólo así será una oportunidad pedagógica y acercará a nuestros alumnos al encuentro personal con Jesús.

  • En muchas fraternidades se da un fenómeno curioso, sus miembros son buena gente, que siempre ha estado o incluso sigue estando muy comprometida con muchas cosas y están acostumbrados a ser fieles a aquellas cosas con las que se comprometieron poniendo ese compromiso por encima de sus propios intereses, pero que nunca se plantearon seriamente vivir la fe en comunidad o rezar juntos como una necesidad personal y, ahora, la pertenencia a fraternidades se mantiene por fidelidad a un compromiso y no por responder a una llamada que nunca sintieron de vivir la fe en comunidad, pero no importa, porque están acostumbrados a que lo que se espera de ellos es que sean fieles, que no se rindan, que no se vayan de fraternidades y si les aporta algo o no parece más secundario.

    Se da incluso la fidelidad al grupo de Whatsapp, casi podríamos hablar de la consagración al grupo de Whatsapp. Y es que hay un número demasiado elevado de fraternos que de hecho han dejado su fraternidad, pero no lo han dicho públicamente a nadie, ni a sí mismos y siguen en el grupo de Whatsapp porque, ni saben por qué entraron, ni saben por qué no se han salido, pero lo importante es estar inscrito.

  • Actualmente los jóvenes tienen un gran vacío interior y lo tratan de llenar con el consumo de vivencias. Cambian continuamente de actividad y tienen miedo a comprometerse con algo que les cierre puertas, pero eso les deja confundidos y bloqueados. 

    En todo caso, esta es la dinámica actual del mundo y no debe escandalizarnos, los jóvenes lo viven con naturalidad. Sin embargo, si les ayudamos a encontrar un horizonte vital que marque su rumbo, aunque estén cambiando continuamente de actividades y trabajos, avanzarán en una dirección. Hay que ayudarles a definir ese horizonte en sus vidas y no tratar de hacer que elijan algo y no busquen nada más. Esto se puede trabajar en las actividades de impacto si están bien diseñadas para discernir el horizonte vital.

    En los últimos años van surgiendo iniciativas de formación para que los jóvenes puedan madurar y profundizar en su fe a través del conocimiento y la experiencia para descubrirse a sí mismos y, según dicen, «disfrutar de ser persona». Es el caso del Soul College promovido por la Fundación Hakuna con varios cursos de distinta temática y duración. 

    Algo muy importante para los jóvenes es obtener respuestas, plantear sus dudas, ser escuchados y la experiencia de encontrar esas respuestas, puede ser muy intensa y transformadora como una verdadera actividad de impacto al encontrarse con la Verdad.

  • Javier de la Torre nos recordaba en una formación sobre la afectividad que nada nos sostiene más que vivir en los vínculos, que el bienestar psicológico está en los vínculos sanos. En la vida religiosa tenemos muchas relaciones pero pocos vínculos estables. 

    La gente, en el fondo, añora tener este tipo de vínculos, aunque al mismo tiempo huya de ellos por la falta de costumbre, o por una forma antigua de entender la vida religiosa. Y no es la voluntad ni la inteligencia la que posibilita los vínculos estables, es la relación desinteresada del día a día la que forja esos vínculos y, para eso, tenemos que vencer la tentación de la eficiencia y el utilitarismo en nuestras relaciones. Te hablo sólo cuando necesito algo de ti, me dejo ver en la comunidad sólo cuando tengo que comunicar o pedir algo, etc.

    Nuestras comunidades pueden ser mucho más que residencias donde la convivencia es justa y cordial, el voto de castidad nos llama a establecer vínculos donde me descubra en la otra persona y no en los que me valga de la otra persona para vivir.

  • En un mundo individualista basado en la competición, algo como lo que nos plantea Ignacio Otaño sobre los métodos pedagógicos de Chaminade para educar entre iguales, podría ofrecer una formación humana muy positiva, además de educar en la cultura de la responsabilidad.

    “Apoyó el método de dividir la clase en grupos de 10-12 alumnos, según su nivel, de los que el primero hacía de monitor. Así el maestro podía ocuparse, al mismo tiempo, de toda la clase y de los que necesitaban una atención especial. […] Tienen, pues, el objetivo de armonizar educación y vida real, conocimientos y ejercicio profesional […] facilita en todas partes la creación de escuelas adecuadas a las necesidades y costumbres locales” (Pág. 77-78)

  • Fijándonos en el ámbito escolar, una vez salimos del colegio, debemos evolucionar de la relación profesor-alumno, a una relación de igual a igual. Si el que ha sido profesor mío pretende verme toda la vida como su alumno y no como un adulto miembro de su misma comunidad, nunca podrá haber diálogo entre esas dos generaciones.

    Esta evolución en el reconocimiento se debe ir dando en los últimos cursos, sin desdibujar, claro está, la separación que ha de haber entre profesor y alumno, pero mostrando al alumno que comienza a caminar hacia una identidad nueva, que es reconocido por los adultos como adulto y que empieza a adquirir unas responsabilidades. Esto también hay que educarlo en la escuela, no se puede suponer que ocurrirá de manera espontánea al abandonar el colegio.

  • Encontrarse con gente con un contexto similar de edad o situación vital es imprescindible para todos, no sólo para los jóvenes, pero eso no quiere decir que haya que separarse de un cuerpo común donde nos reconozcamos todos. Así nos lo cuenta Ignacio Otaño refiriéndose a los primeros congregantes:

    “Los congregantes se sentirían más a gusto entre los de su propia categoría, Chaminade responde con el valor y la eficacia de la unidad: Todas las partes se apoyan las unas a las otras con ejemplos de edificación mutua. Intereses comunes estrechan cada vez más los vínculos de una primera unión. La congregación crece tanto porque todas las partes trabajan al mismo tiempo y, si es necesario, se ayudan mutuamente […] Existen tantas divisiones y fracciones como sean necesarias, sin separarlas del cuerpo […] además del indispensable espíritu, se necesita una organización […] Se crean las fracciones, de unas veinte personas cada una, agrupando a los de situación social afín, que tienen los mismos gustos, las mismas necesidades y el mismo campo de apostolado. Se facilitaba así la acción coordinada en el propio ambiente, permaneciendo unidos para el resto […] con la suficiente flexibilidad como para admitir excepciones sin hacerse problema. Cuando fueron siendo numerosos, los sacerdotes constituyeron también una fracción y en 1818 encontramos una fracción de seminaristas”

  • La tendencia que tenemos a dirigir es muy fuerte, cuando estamos en una actividad, nos cuesta dejar que los jóvenes se expresen y saquen sus propias conclusiones, parece que necesitamos mostrarles todo lo que sabemos, dando las respuestas y conclusiones antes de que ellos las piensen. Al acompañar una actividad, hay que tener claro el papel del acompañante, dejando espacio y callando más de lo que lo haríamos en otro foro u otro tipo de actividad. No somos nosotros los protagonistas que montamos una actividad, son los jóvenes que la viven los que la protagonizan.

  • Cuando el joven está creando su propio grupo y futura comunidad, necesita ser dueño de su proceso y sentir que los mayores respetan ese proceso para poder hacer el diálogo intergeneracional.

    Entre no hacer nada y darlo todo hecho, está el delicado equilibrio del acompañamiento, que exige paciencia, apertura y constancia.

  • A los jóvenes les motiva mucho ser ellos los que organicen las actividades, las sienten más suyas, motivan a otros a participar y facilitan mucho el desarrollo de la actividad. Sin duda esa responsabilidad les hace crecer. 

    Este deseo de preparación de las actividades hay que equilibrarlo con un plan concreto, unos contenidos de calidad y un itinerario, así como con la importancia de que no dejen de ser ellos, los jóvenes, los destinatarios de la actividad. Para eso, será bueno delegar aquellas partes que puedan asumir y hacer este trabajo con jóvenes con algo más de recorrido que ya hayan vivido otras actividades sin cargar con la responsabilidad.

    En este sentido, lo mejor será contar con un grupo de acompañantes con algo más de recorrido que, además de dar testimonio de su fe, asuman la responsabilidad de la actividad, tanto en su preparación como en su puesta en práctica y que poco a poco, algunos jóvenes se vayan incorporando a esta bolsa de acompañantes en la medida en que vayan viviendo este tipo de actividades.

  • En la creación de la comunidad, tenemos la dinámica de asignar asesores a las nuevas comunidades que constituimos juntando a nuestra manera a los jóvenes que han mostrado algo de interés. De esta manera, los convertimos en receptores de nuestro producto, pero ¿podríamos buscar una fórmula en la que ellos pudiesen elegir, no sólo con quién se juntan sino también a su primer acompañante de entre un grupo de personas disponibles?. 

    De esta manera, son ellos los protagonistas de su comunidad, que, como en el caso del acompañamiento personal, eligen a un acompañante de confianza para que entre en sus vidas y dinámicas y es más fácil que no lo vean como el monitor o catequista que les dice lo que han de hacer.

  • El modelo de hacer creer al joven que es él quien toma las decisiones está bien para empezar a educar en la corresponsabilidad y que coja confianza, pero pronto ha de evolucionar a una corresponsabilidad real donde el joven se sienta realmente reconocido como un igual a la hora de opinar y tomar decisiones que transformen la comunidad, si no tarde o temprano verá que le están utilizando y manipulando para construir el proyecto de otros.

    Es importante no sobreproteger a los jóvenes con el pretexto de que no se asusten. Al fin y al cabo, si les sobreprotegemos es porque no confiamos en su madurez, no les estamos tratando como adultos si no como niños que dependen de nosotros y por tanto no se pueden integrar como miembros en igualdad de condiciones.

  • Durante la etapa de iniciación de la comunidad, es muy importante flexibilizar las estructuras para que sean herramientas que acompañen, faciliten y den coherencia, en lugar de ser carriles cerrados para el Espíritu. Lo peor para que alguien se identifique con un proyecto o grupo es que le hagan “pasar por el aro” que sostiene su domador.

    En este sentido, las fraternidades han de renacer, resituarse y redefinirse, de la mano de los jóvenes, a ejemplo de como surgieron. Sin perder su sentido y su hondura, pero sin convertir las estructuras en fines.

    Chaminade se dió cuenta de que, para llegar eficientemente al mismo punto, había de saltarse las estructuras conocidas hasta la fecha, de ahí el título de Misionero Apostólico. Así salvó la rigidez estructural y eso le permitió revitalizar la fe en toda Francia. Nos lo cuenta así Ignacio Otaño:

    “El P. Chaminade ha encontrado en su carácter de Misionero apostólico un medio de integrarse en la Iglesia, asegurando, al mismo tiempo, la libertad y la posibilidad de ejercer un apostolado nuevo, exterior al ministerio parroquial, desbordando incluso la organización diocesana”

  • A nuestros monitores debemos exigirles un compromiso constante. Libertad y responsabilidad no pueden ir separadas y cuando el monitor adquiere el compromiso de una tarea ha de responder con responsabilidad. No puede ser que cada semana los chicos tengan unos monitores diferentes.

    Esto lo vemos cada vez más en el profesorado, en este caso no por falta de compromiso, si no por exceso de frentes: reuniones, actividades especiales, formaciones… que hacen que al profesor haya que estar continuamente sustituyéndolo y los alumnos se acostumbren a no tener figuras de referencia y a no darle importancia cuando pasan a ser monitores.

  • Por otra parte, la acogida en la gran comunidad de fe ha de ser sin grandes exigencias. Según Chaminade “Se presentará como el medio fácil de cumplir todos los deberes del cristianismo. Estará abierta a toda petición sincera de quienes, sin la asociación, no son suficientemente fuertes para ser cristianos”. El joven, y cualquier persona, necesita un espacio acogedor en el que entrar y salir sin presión ni compromiso. Cuando se dé una vinculación mayor, podremos hablar de una mayor exigencia.

  • Una carencia importante que detectamos en los jóvenes es la necesidad de trabajar el crecimiento personal. Necesitan contextos y buenos referentes para trabajar su personalidad, conocerse, abordar su pasado y leer su historia personal. Las actividades de impacto son una buena oportunidad para dar estos saltos madurativos que suelen tener una buena acogida. 

    En este sentido, se pueden diseñar itinerarios que ofrezcan actividades especiales en los momentos vitales clave y que aborden ese crecimiento y cambio de etapa.

Guía de estilo Marianista